La lengua dixsà: ¿Por qué se ha desplazado la lengua originaria del Tule?

 



Durante nuestra búsqueda de archivos sobre la historia de las comunidades me encontré con registros antiguos de la escuela primaria de Santa María del Tule. Uno de estos documentos es emblemático para ubicar el papel que han tenido las lenguas originarias en el ámbito educativo. En 1893[1], el profesor de la escuela plasmaría una expresión en su cuadro de estadísticas que fue habitual en estos reportes en todos los pueblos de Oaxaca que contaban con instrucción pública a finales del siglo XIX. Para este periodo ya se contaba con una legislación local que establecía su carácter laico, gratuito y obligatorio y ya se incluía una materia denominada “lengua nacional”.

Imagen 1. Cuadros estadísticos[2]

Imagen que contiene Escala de tiempo

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Fuente: Archivo General del Estado de Oaxaca, Fondo de Instrucción Pública, Sección Institución de los distritos, serie Centro, Año 1893, Fojas 6.

Este documento es ilustrativo de una afirmación que ha acompañado al sistema educativo mexicano. El zapoteco se nombra aquí como una dificultad con la que tropieza la enseñanza para su completo desarrollo. La diversidad lingüística y sociocultural se ha considerado un obstáculo, no sólo para la conformación de un estado-nación basado en una idea de ciudadanía que homogenizara a la población, sino como una dificultad de comunicación que, a diferencia del periodo colonial, no contemplaba la pertinencia de que los educadores aprendieran la lengua del lugar. Se establecieron castigos por hablar las lenguas originarias en las aulas como las prácticas idóneas para concretar la castellanización. Este documento se realizó en años previos a la revolución mexicana y permite identificar la continuidad que ha tenido el proyecto educativo en lo que a las lenguas originarias se refiere.

En los primeros años después de la guerra de independencia hubo un esfuerzo por establecer una ciudadanía que estuviera “libre” de diferencias culturales. Las reformas educativas hacían referencia entonces a las diferencias económicas entre los ciudadanos, pero omitían toda referencia a la diferencia sociocultural. A finales del siglo XIX la corriente positivista fue influyente y en el ámbito educativo se planteaba una lucha entre civilización y barbarie. Se consideraba inferior a la población india y se planteaba el mestizaje como respuesta, siempre que hubiera “…prevalencia del elemento español: la cultura, la historia, las tradiciones, la raza, el idioma…el español era elemento integrador, las lenguas indígenas aislaban a sus hablantes de la corriente principal de la cultura mexicana y amenazaban la unidad de la nación…” (González Luna, 2012, p.98).

En el estado postrevolucionario este razonamiento no cambió. Se fortaleció y expandió un sistema educativo nacionalista que exaltaba el mestizaje y las lenguas originarias se siguieron pensando como obstáculos para la enseñanza.  

La madre y padre de Elena nacieron en 1902. Ella ha sido una de las personas del Tule que han compartido su sentipensar en torno a su lengua materna. Su hermana mayor cursó la primaria en la década de los veinte y por muchos años fue la persona más cercana con la que hablaba dixsà, después del fallecimiento de su madre. Elenita recuerda que su hermana le contaba cómo todas las niñas y niños que asistían a la escuela solo hablaban zapoteco, a excepción de un par de niños que eran bilingües. Comparte que su hermana le decía que aprovechaban cuando se iba el maestro para poder compartir en su lengua y organizarse para el almuerzo porque el profesor no les daba permiso de hablarlo en el aula. “Se imagina, ¡qué bonito escuchar a todos los niños hablando zapoteco!” (Elena, 82 años, notas de campo, 2025). La salida del profesor del aula no sólo era señal para el almuerzo, sino para habitar el espacio escolar con un paisaje sonoro que Elena nunca llegó a escuchar, niñas y niños del pueblo comunicándose en dixsà.

Este proceso tuvo efectos muy rápidos en la transmisión intergeneracional de la lengua, pues ni sus cuatro hermanos siguientes, ni ella, que era la más pequeña, fueron monolingües en dixsà. Ella ubica en ese periodo, que además coincidió con la entrega del Ejido en 1938 (Stephen, 2002) y el fortalecimiento de la organización comunitaria en interlocución con el Estado, que las familias dejaron de enseñar la lengua a las y los niños y se comenzó a preferir la enseñanza del castellano y esto queda de manifiesto en el gran número de personas de setenta y más años que no entienden ni se comunican en dixsà en el Tule.

Elena recuerda que su padre nunca se dirigió a ella en idioma[3] y que no representó ningún problema familiar que sus hermanos no quisieran aprenderlo. Ella lo aprendió con su madre y hermana, que transmitían todo lo que se tenía que hacer en casa en dixsà. Eventualmente, sin que nadie se lo pidiera tuvo el interés de comenzar a responderles también en dixsà. Hoy, Elena es de las últimas hablantes en la comunidad y participó hace diez años del primer proyecto de documentación lingüística que se hizo en su comunidad, realizado por el Centro de Estudios y Desarrollo de las Lenguas Indígenas de Oaxaca (Cedelio) 




En el libro editado aparece el listado de personas mayores que participaron en el procesos de aprender a leer y escribir en la lengua dixsà.













[1] Pascual Sánchez Remite Cuadros estadísticos, total de niños 80. Niños que asistieron 40 y 32 que no recibieron instrucción, relación de exámenes, inventario mobiliario y obras de texto, 1893.

[2] Dificultades con que tropieza la enseñanza para su completo desarrollo. — El idioma Zapoteco-

Carácter de los naturales. — Favorable.

Sus costumbres. — Anticuadas.

[3] La denominación de “idioma” para referirse a la lengua originaria es de uso común entre las y los hablantes de Oaxaca.

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